Yo había jurado no malgastar un verbo en Víctor Mesa Martínez. No lo merece. Pero voy a quebrar con disgusto esa promesa, porque anoche el “protegido” manager del equipo Cuba en el III Clásico y conductor de Matanza volvió a bañarse en lodo en otro de sus desafueros imperdonables.
El encuentro no pasaba de ser uno más (independientemente de significar el cuarto triunfo de Industriales en la temporada); sin embargo Mesa Martínez lo elevó a trascendente en apenas unos instantes, en los que se quitó el antifaz y mostró su verdadero rostro… el reprochable e intolerable, el que lo acompañará por siempre.
Fue en el quinto episodio cuando el árbitro Pedro Melchor Fonseca decidió expulsar al relevista zurdo Yasiel Lazo, tras propinar dos pelotazos a los industrialistas a Irait Chirino y Lisbán Correa.
La medida irritó al mandamás de la pelota cubana y en menos de lo que respira un bisonte armó su cólera insensata; la que hoy hubiera trascendido como rumores del Latino si las cámaras de la televisión no tuvieran esa manía enfermiza de seguir cada uno de sus pasos.
No hay que decir aquí lo que pudo o no vociferar (o lo que sugirió que hicieran los jugadores matanceros). Su recalcitrante conducta tuvo una respuesta ecuánime de Melchor. ¡Fuera!
Aunque, no todo quedó aquí. Insatisfecho Víctor mandó al segunda base a lanzar Edel Tamayo, como burla suprema.
La grosería de Víctor ocurre en el peor momento para él. Por un lado está su pésima proyección frente al equipo Cuba en el Clásico –criticada hasta la saciedad por una gran mayoría de los fanáticos- y por el otro una Prensa deportiva comprometida en sacarlo a flote con razonamientos lisonjeros.
Ahora cabe preguntarse ¿tendrá una fallo válido para rectificar un andar torcido y reincidente? ¿Qué medida recibirá por transgredir el inviolable decreto de pitcheo establecido unas horas antes?
Su actuar pone en una encrucijada a la Comisión Nacional, que ya en la temporada pasada le tiró una sábana encima cuando agredió al árbitro Elber Ibarra, con un puñado de tierra a los ojos, en un partido frente a la Isla de la Juventud.
Por este acontecimiento el infractor recibió cinco días de asueto y posteriormente las riendas del Cuba, según consideraron irónicamente muchos.
La disposición el organismos rector estuvo precedida por una burlesca explicación que decía que el castigo fue adoptado “después de escuchar todos los criterios emitidos y valorar la infracción cometida, las circunstancias concurrentes en los hechos ocurridos, la historia deportiva del infractor y que no existieron consecuencias agravantes posteriores (…)”.
¿Qué podemos esperar ahora? Bien poco. Víctor es el resultado de un mecanismo paternalista y ojigacho, que nunca –ni como atleta ni técnico- le ha impuesto el peso justo por sus indisciplinas.
Lo más importante ahora no es en lo que pueda desembocar este pasaje desde el punto de vista disciplinario; sino acabar de comprender que Víctor no es ejemplo en nada ni es el más idóneo para ser la cara visible de la pelota cubana.
Sus conocimientos como técnico pueden ser infinitos pero no puede conducirse; le está haciendo daño a nuestro béisbol. Es mayor su influencia negativa que los beneficios que aporta; no es una aberración prescindir de él, en definitiva no es el único ni el mejor.
Por otra parte, pondrá al descubierto los raseros de la Comisión Nacional, precisamente en un ciclo en el que se pretende reordenar o sentar criterios sólidos entre atletas, técnicos y árbitros.
Víctor no es loco. Él solo se ha amparado en esta “expresión” para amortiguar sus incoherencias, para hacer válida públicamente cualquier conducta y eso es ¡inadmisible!
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